Casa Fumanal



I


Fui Casa Fumanal durante mucho tiempo, Jota ni tan siquiera sabe cuanto, pero seguro que intentará averiguarlo, lo se! porque aunque os parezca mentira que una casa pueda sentir nada, yo siento.


Fui Casa Fumanal y no me siento extraña en mi nueva forma, curiosamente no me siento rara ni con mi nuevo nombre, La Demba, es como si todo hubiera tenido que ser así, y de así no serlo mejor ni pensarlo.



Se me brinda la oportunidad, gracias a la tecnología moderna que se ha acercado a mí, de contar una historia y resulta que no se si sabré hacerlo y tampoco se muy bien por donde empezar, aunque voy a intentarlo, porque es la mía, es lo que fui y es lo que estoy siendo a día de hoy.



Voy a contaros como era antes, justo cuando Jota me conoció e intentaré narraros mis devenires, empezaré por lo que vivimos juntas que es lo que mejor recuerdo porque está muy actual en mi memoria, y seguiré con aquello que vaya recordando poco a poco según vaya reviviendo de nuevo ... a ver que pasa.


Así era yo, Casa Fumanal, cuando Jota me conoció

soy una casa afortunada que va a tener dos vidas diferentes cuando creí estar ya muerta, como yo hay muchas y las hay incluso que van pasando de vida a vida sin sufrir ni una ligera transformación en sus entrañas; no es ese mi caso, yo he sido operada por completo, porque estaba muy usada, muy bien cuidada y muy bien querida pero ya un poco viejecita, y como siempre he tenido este tamaño mío tan poco dado a la discreción, resulta que se necesitan muchas manos para cuidarme y cuando estas empezaron a desaparecer, empezaron las roturas y los agujeros y el agua y el viento por dentro, -como duele el viento cuando está dentro de una-, por fuera era bella, por dentro era bella y por fuera y por dentro era vieja; de todas formas siempre he sabido agradecer los mimos con cambios de aspectos alucinantes, porque ¡cada cual tiene sus cosas buenas!






Me río de Jota diciéndole que le estamos presentando a la gente un cambio de imagen tan bestial que se asemeja a toda esa cirugía actual que ella tanto detesta junto con ese culto al cuerpo obsesivo que todo lo inunda, y entonces va y se enfada, pero lo hace más con ella misma que conmigo, y es porque aún duda, aún se debate entre mi hermosura pasada y la de su sueño ya materializado, aún no sabe si es más bella nuestra hija, La Demba, que yo la madre, Casa Fumanal, y acto seguido ríe porque descubre de que todo lo he hecho para que me muestre ese genio implacable que se despierta en ella ante la duda, y es entonces cuando se da cuenta de que no es una cuestión de belleza sino de vida, de otorgar vida de nuevo, juntas hemos parido una nueva forma de vida y las dos lo sufrimos, lo reímos, lo lloramos y vamos queriendo cada día más sin poder evitarlo a nuestra pequeña-niña-grande-hija Demba.


Podría decir que recuerdo como Jota me miraba cuando su tarea era algo tan sencillamente complicado como buscar una casa en esta comarca para poner su simiente en ella de forma drástica, pero sería algo parecido a una mentira porque mientras tanto no estuve con ella, eran otras las elegidas, casi todas ellas mucho más majestuosas que yo, algunas de ellas incluso no habían perdido su esencia de casa todavía. Sé, porque me lo ha contado, que se encandiló de una gran casona que sin saberlo estaba declarada castillo, "declarada castillo" ¡hay que ver lo grande que es capaz de soñar mi amor! ... y fue la casualidad la que nos unió con una cuerda fuerte y tensa que ni nos aprieta ni nos ahoga, pero porque no la dejamos.

La cuestión es que un día Jota apareció, iba acompañada de dos señores (está acostumbrada como yo a estar rodeada de hombres y también compartimos -aunque aún no se lo he dicho ni ella se ha dado cuenta- el ser zurdas), a uno de ellos lo conocía bien, era mi antiguo dueño, yo he tenido dueños, amos y señores y una sola mujer mandó sobre mi durante algún tiempo no muy lejano, por lo menos que yo recuerde, aunque ya no recuerdo su aspecto. 
Si recuerdo perfectamente todo de Jota en nuestro primer día, llevaba un vestido rojo, de corte japonés, aunque no se si me expreso bien porque no se nada de moda y ella la verdad tampoco me podrá enseñar mucho sobre ese tema, también llevaba pantalones negros y zapatos rosas, me gustó su extraña belleza, no era estándar, nada en ella lo era, al hablar lo hacía con todo el cuerpo, buscaba algo, tenía algo que dar y enseguida me di cuenta de ello, andaba necesitada de una casa y me pareció sincera y eso no es sencillo de encontrar en un humano, me gustó porque en cada piedra en la que ponía su mirada mis paredes empezaban a murmurar cosas y a reír, me gustó porque cuando tocaba algo lo hacía con mimo y a la vez con contundencia, dejando una parte de su energía entre mis piedras, estaba encantada de conocerme y a la vez soñaba, cambiaba, transformaba y sentía, se dejaba llevar por dentro, de olores, de colores, de formas, de materia pura, la esencia de mi ser, en eso consiste simplemente ser una casa, en la pureza de tus entrañas y en las energías de los que te han ido habitando, ese mismo día me di cuenta de que estaba a punto de enamorarme de nuevo, y eso, en el caso de las casas, sucede en muy raras ocasiones.


Así nos conocimos y creo que las dos supimos al instante que algo acababa de suceder, no sabíamos si bueno o malo, pero la sensación era placentera. 
Esos son mis devenires, los que estoy narrando, tan simples como yo misma, tan sencillos como ella, una historia de amor al fin y al cabo entre una casa y una mujer.

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II

Ahora me siento inspirada, así que seguiré con esta aventura nueva, porque no se lo que puede suceder mañana en esta tarea tan diferente que es escribir para mi, - ¡parece que le voy cogiendo el gusto! - yo, escribir, no he escrito mucho; bueno, siendo sincera, jamás he escrito, aunque se ha escrito mucho en mi, a ratos sobre mi incluso y todo, pero nunca tan intensamente como se está haciendo de un tiempo a esta parte, que no solo se escribe sobre nosotras, sino que encima vienen incluso escritores a visitarnos y se habla de libros y de letras y de palabras y de novelas y de muchas cosas en las salas de nuestra hija.

Os podría mostrar escritos que decidieron habitar bajo mi cobijo durante unos poquitos años, o unos muchos, la verdad es que no se deciros hace cuanto, porque el tiempo siempre ha sido un problema para mí, bueno, el tiempo no, sino como medirlo. La verdad es que yo no tengo ningún problema con él, es él quien lo tiene conmigo que me hostiga mucho, el del sol y la luna y la tierra y el cielo con sus nubes, lo comprendo perfectamente, a ese lo comprendo, pero al otro, ese que inventaron los humanos que es parecido al primero pero que parece tan diferente, el del reloj y los calendarios y las prisas, con ese no acabo de entenderme del todo y acabo perdiéndome siempre.

Yo tuve un reloj, me gustaría contaros su historia, ahora en el hueco de la piedra donde guardaba su péndulo hay una escalera, Jota no sabe como fue ese reloj y yo casi no recuerdo su aspecto, pero siempre que ella sube por la escalera sus pasos se convierten en un nuevo péndulo para mi tiempo, siempre me llevé bien con el reloj pero jamás comprendí sus cambios de humor y eso que las piedras dicen que era tan constante que una podía incluso llegar a no oírlo, a mí jamás me pareció constante, sino todo lo contrario, pero todos sabemos que las piedras hablan mucho, imaginaros si hablan que durante mucho tiempo después de que el reloj nos hubiera abandonado aún seguían criticándolo a las seis en punto y conversaban con cualquier mota de polvo que fuera lo bastante incauta para decidir escucharlas; ¡y pensar que esto lo hacen las piedras para que no nos sintamos solas y vacías y con la sensación de no servir para nada más que para esperar!, ¿cómo no voy a quererlas?, aunque a ratos son pesadísimas, con su alcahuetería y sus cuchicheos, no os podéis imaginar lo que han gritado las muy exageradas durante los últimos años, como si las estuvieran matando, y ahora han decidido sudar sal por mis juntas y llorar como niñas mimadas que siempre han sido de su madre, y todo lo hacen para que me preocupe por ellas y porque tienen unos celos tremendos de Jota, como si no les hubiera demostrado ya cuanto las quiere ella también, siempre pidiendo más, me han llegado a decir que ella llegó la última y le he dejado hacer conmigo lo que se le ha antojado, y aunque saben que no es cierto, porque Jota y yo todo lo hablamos y siempre me pidió permiso para todo y yo acepté de buen grado la transformación, y les recuerdo que gracias a ella estamos vivas de nuevo, que tenemos una razón de ser, que volvemos a ser bellas y jóvenes y con un motivo para vivir, pero les pueden los celos, aunque todas sabemos que se les pasará, todas sabemos que ya se les está pasando.





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III

Soy una boba casa sentimental que decide tumbarse en un diván a contaros su tontas penas, y a la vez una casa afortunada que desea contaros una historia bella que le ha pasado y que la tiene llena de expectativas y ganas de vivir y cagadita de miedo, porque todo es nuevo, es nuevo para mí y nuevo para Jota, y sobre todo es nuevecito para la hija de ambas que es quien se estrena, que es quien gustará o no, que es esa Demba particular que juntas hemos soñado, trabajado y parido.

He sufrido una cirugía que bien puede tener sus malas consecuencias, pero la tengo a ella, tengo a Jota, ella está siempre ahí para darme los mimos que siempre he necesitado, ¡y eso si que es trabajo!, mimos grandes, mimos serios, mimos de poco sueño, mucho trabajo, todo el esfuerzo, mimos fuertes y valientes, arriesgados a ratos y rudos los más. Porque yo soy una gran casa de trabajadores y siempre necesité de personas con capacidad de trabajo para florecer; en mi vida han habido otras ellas y otros ellos, más ellos que ellas y todos han sido tratados por mi como bien merecían. He aceptado la transformación y daré todo lo bueno por quien todo me lo de, pero de forma incondicional, no acepto otro modo, porque para que yo funcione se tiene que estar siempre, totalmente implicado como lo estoy yo, como si fuera la piel en ello, como va la mía, eso Jota ya lo sabe, ya lo hemos hablado, lo hemos dejado claro y se que a veces la asusta, es normal, pero tiene coraje para ello, para ello y para mucho más, de eso estoy más segura yo que incluso ella misma. 





Soy una casa dura, una casa de montaña, con arraigo a la vida y a mis raíces. Para sentirme viva soy capaz de cosas feas con tal de sobrevivir, pero cuando mejor estoy es cuando me miman y saben sacar la verdadera esencia de casa bonachona de mis entrañas, soy una gran abrazadora, confortable, tierna y juguetona, una casa para vivir y ser vivida y estoy inundada por un presentimiento, por un pellizco lo llama Jota, aún no se muy bien a que se refiere con ello, a mí no me suena demasiado bien, algo me ha contado de un pellizco en el corazón que no duele y que es como una especie de señal, no siempre la comprendo del todo, no siempre nos entendemos, pero eso hace las cosas más especiales aún si cabe.


IV

Después de nuestro primer encuentro pasaron unos días hasta que volvimos a vernos, el olor de Jota se había instalado en el patio y cuando el viento soplaba, ese olor dulce todo lo invadía, yo les dije a las piedras que tenía un presentimiento grato y que por favor no se lo contaran a nadie, pero a los pocos días por todas mis estancias se hablaba de lo mismo; lo hacían las vigas de madera y los suelos de piedra y cemento, hablaban las puertas y ventana y los ratones empezaron a hacer las maletas, cantaban los toneles canciones de bienvenida y las arañas bailaban al son; todos murmuraban sobre ese alguien que había dejado una ráfaga fresca olvidada en el patio y empezaron las cábalas.

Que si se instalaría en mis entrañas con su familia, que si no era así que lo que quería era romperme y volverme a hacer, que si tenía un niño que correría por los pasillos, que si no era así  y lo que quería era llenar los pasillos de libros pesados y las habitaciones de arte incomprensible y las cuadras de personas a comer, ¿dónde se ha visto eso?, que si de nuevo peinaría a la demba y regaría el huerto, que si no era así y haría leña de los olivos y obtendrían pan de la destrucción ... hablábamos, porque hacía mucho que nada pasaba y todo tenía que continuar como si nada, hablábamos por puro aburrimiento, como suele suceder casi siempre cuando se habla por hablar, hablábamos por imaginar y porque una cosa era cierta, alguien había dejado olvidado un olor en nuestro patio y estábamos todos seguros de que un día volvería aunque tan solo fuera a recogerlo.






... y así pasó, volvió a visitarnos de nuevo y en esta ocasión dejó olvidada una lágrima de alegría en una caja del armario  de la sala (ese que guardaba botellas, libros y cajas de galletas más que pasadas), y en la tercera visita se olvidó una sonrisa en la cocina moderna de la casa y así pudimos, no sin mucho esfuerzo por parte de todos, cocinar sonrisas que vagaban sin rumbo por las habitaciones, escondiéndose en las vasijas y apareciendo de nuevo como por arte de magia debajo de alguno de los colchones comidos de pulgas que me habitaban. De ese modo tan sencillo, sin quererlo siquiera, sin buscarlo y a la vez sin poder evitarlo empecé de nuevo a recuperar las ganas de volver a vivir, las ganas de volver a cobijar, las ganas de volver a ser fuerte, digna y guardadora de vida y así durante unos días quedé a la espera de que su persona se instalara en mí, con todas las consecuencias que eso podía depararnos, que en ese momento desconocía y que ahora estoy intentando escribir, sin avanzar mucho y sin orden ni concierto, espero ser disculpada por mis lectores como casa anciana que soy que a duras penas sabe escribir.


Fue un sábado al mediodía la primera vez Jota entró en mi con la intención de quedarse siempre que pudiera, sabía que intentaría por todos los medios enamorar a mis piedras, encandilar a mis vigas, respetar a mis toneles, hacerse querer por todos, aunque aún no sabía a ciencia cierta si lo conseguiría o no.

Curiosamente estábamos todos en silencio cuando un ruido desconocido en la puerta principal  nos asustó, una mano extraña acababa de colocar la llave en la cerradura y no conseguía abrir la puerta, afuera aguardaban cuatro niños, un hombre y dos mujeres, - así me lo dijo el balcón que hay justo encima de la puerta -, le pregunté que si le sonaban las caras y me dijo que entre las mujeres estaba ella, estuve largo rato intentando convencer a la cerradura de que se dejara abrir, pero ella argumentaba que no habían sido convenientemente presentadas y que ella no solía perder las formas nunca, dado lo cual se resistía a ser abierta por desconocidas, -mi llave girará cuando alguien nos haya presentado-, se cerraba en banda la obstinada cerradura gruñona, y yo venga a suplicarle, déjalos pasar por favor, que no vienen a hacer daño, que son amigos, que un día vivirán con nosotros, que nos van a querer ¡ya verás!, y nada, que no lo lograban ... cuando de pronto de los labios de Jota se oyó un -ábrete, por favor, que me muero de ganas de cuidarte- y la vieja cerradura cedió ante esa desconocida que le supo hablar con mimo antes de ser presentadas incluso y por fin la vida atravesó el umbral de mi existencia de nuevo.




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